NONG KHIAW

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Llegamos a Nong Khiaw reventadas. Habíamos estado viajando 20 personas metidas en una minivan por carreteras infernales y en un espacio muy reducido durante cinco horas. Yo procuraba ponerle gracia al asunto porque sé que de las peores experiencias salen las mejores anécdotas. Al llegar, solo queríamos tumbarnos en la hamaca y descansar... Pero nos juntamos con un grupo de travelers que nos contaron que su plan era subir una montaña para ver el atardecer desde arriba. Edurne y yo nos miramos y pensamos al unísono: vamos a la cima que ya tendremos tiempo de descansar cuando estemos muertas. 
Aquel día sufrí subiendo, refunfuñaba en silencio y echaba de menos mi hamaca y cinco litros de agua. Pero cuando llegamos arriba me quedé sin reproches, ni sufrimientos, ni quejas... Nos quedamos maravillados mirando cómo al sol se lo esnifaba la tierra y no nos fuimos hasta que varias estrellas fugaces se pasaron a saludarnos.

Las montañas de Nong Khiaw te atrapan, te dejan sin respiración y a cambio, te conceden una libertad que ni siquiera imaginaste.